Eneida Sánchez

No creo que me avergüence de lo que soy, pero realmente es que no sé lo que soy. Las circunstancias de la vida me parecen demasiado básicas para definir lo que soy, si nací aquí o allí, si como esto o aquello, si me gusta el verde o el rojo, si me llamo Andrea Cadavid o Eneida Sánchez.

Ya me he cambiado el nombre un par de veces, por gusto y necesidad. Cuando me casé en New York quise aprovechar para llamarme diferente; país nuevo, hombre nuevo, pues venga, nombre nuevo. Me cambié el apellido sin pensar mucho en lo que mi padre pudiera sentir. Una vez me escribió una carta que comenzaba saludándome con todos las combinaciones posibles que se podía hacer con mi nombre y apellidos, y grandes signos de interrogación.

A Londres llegué dispuesta a hacer lo que fuera necesario para sobrevivir. Muy inocente me fui para quizás la ciudad más costosa del mundo sin hablar el idioma, sin tener amigos y con bastante poca plata en el bolsillo.

Una semana después me había comido el miedo. No era capaz de salir de la casa, no solo el frío me “paniqueaba”, llegué en enero, sino que no sabía a dónde ir, qué decir. Pasé varias semanas paralizada. Vivía entre Croydon y Londres. En un barrio donde lo único que pasaba eran los partidos de fútbol los domingos y sus encarnizados hinchas. Vivía cerca de un estadio.

Me alojaba en una casa victoriana de dos pisos casi sin muebles, donde rentaba un cuarto minúsculo y compartía mi vida con un niño de dos años, una de cinco que insistía en preguntarme yo por qué tenía pepitas en la cara, una adolescente que bailaba y cantaba Spice Girls el día entero, y su madre, una mujer que siempre me pareció un patito perdido, y cuyo esposo pagaba una pena en la cárcel por narcotráfico.

IMG_0400Trabajo no conseguí hasta que me encontré milagrosamente con Liliana, una amiga de la universidad y mi Ángel Guardián en Inglaterra, que estudiaba inglés en una escuela pija de Londres. Como ella sí tenía don de gentes, hacía amigos en cualquier parte, y esos amigos deseosos de ayudar al prójimo le dijeron que trabajo había en una empresa de limpieza donde la mayoría de empleados eran africanos indocumentados. La empresa me fue presentada por eso, “no necesita documentos”.

Llegué facilísimo. La empresa estaba rebién ubicada, una manzana cuando mucho de la estación del underground. No era una oficina, ahora lo identifico como un tráiler, pero puede ser todo producto de mi imaginación. Las imágenes que tengo de ese tiempo están como en Instagram. Con filtros y distorsionadas. Hermosas, cuando realmente Londres ha sido una de las historias más oscuras de mi vida.

En una de las casas que llegué a limpiar por ejemplo, había rayones en todas las paredes y postales del museo de Madame Tussauds pero las de terror, las gore, las llenas de sangre, regadas por todas partes. Recogí esas postales y las guardé por un tiempo, pero me producía tal escalofrío verlas que aunque sabía que valía millones contar la historia con las postales en la mano, me deshice de ellas en cuanto pude. Londres, esa casa de madera abandonada, vacía, sucia, muy sucia, dos hombres africanos enormes y yo, viendo postales de mujeres víctimas de asesinos en serie. Nada más escalofriante. Muy Poe.

Nunca fui al museo, para qué, con esas fotos lo había visto todo, no necesitaba primeros planos granulosos.

Con mi poco inglés no puedo imaginar cómo dije que necesitaba trabajo y me lo dieron. La cosa funcionaba de una manera paralizante. Dabas un número telefónico, en mi caso ¡el teléfono público de la esquina!, y ellos te daban uno a su vez para que tú llamaras un domingo a que te dieran los días de trabajo para la semana, al menos para el siguiente día, y la dirección del lugar. Para quienes conozcan las direcciones en Londres, tengan en cuenta el acento y mi cero inglés, esta situación era desquiciante.

Te encontrabas en el lugar de la limpieza con tus otros dos compañeros de equipo, siempre trabajé con hombres africanos la mayoría, pero italianos, españoles y sudacas sin duda. Hombres, nunca mujeres. Sé que había o que hubo.

El trabajo era fácil pero extenuante. Limpiar no tiene ciencia y ellos me proveían de líquidos poderosos y una screpa, una cuchilla con lo que se raspaba todo. Agreguen este detalle a la escena de arriba, yo sola con dos hombres armados viendo fotos de asesinatos.

goreLimpié escuelas, oficinas, apartamentos donde las pinturas iban del suelo al techo, hoteles y casas abandonadas. Pagaban muy bien. Los viernes el cheque era una celebración. Y yo, lo ahorraba todo.

Un día vino la “migra”, pidió papeles y todos a perderse. La empresa se quedó con tres empleados. Yo me quedé colgando. Pero vuelve el Ángel Guardián y se entera de que unas de sus amigas habían trabajo allí y ellas sí tenían documentos. Ellas habían llegado en un momento donde daban número de seguro social a los estudiantes, eso significaba impuestos, por algo son la Corona. Pero algo cambió y ese número no se conseguía ni pagando.

Y el acuerdo fue que “aquí nadie pide el papel, solo el número y el nombre”, entonces ella me dio su nombre y su número, y yo llegué allí en mi mejor actuación frente a las cámaras, a hablarle al mismo que ya me había dado trabajo antes bajo mi nombre real. Espero se haya hecho el tonto, por falta de empleados, porque si no, es muy tonto. Me puse en la fila, y lo miré a los ojos y le dije mi nombre y le di mi numero que empezaba con A y tenía unos 10 números más. Me dieron las direcciones para la semana y que so long.

Llamarme de otra manera no fue fácil, porque me tocó imaginarme cómo actuaría la otra, la de verdad, y empezar a gustarme así con otro nombre. Lo repetía varias veces al día muchas veces para que no se me olvidara, porque incluso no era fácil de pronunciar. Cuando empecé a tener amigos, porque coincidíamos en el lugar de limpieza, dudaba de si decirles la verdad o no, porque cuando me llamaban de la otra manera, de la oficial, yo sentía que me estaba burlando de ellos mientras compartíamos el almuerzo e historias.

Solo a una persona se lo dije. Se llamaba Manuel, un brasilero de churros largos, bigote y un acento enloquecedor. Buen conversador, coqueto, marihuanero. Estaba ahorrando dinero para irse seis meses a la India. Nos alegraba encontrarnos e inmediatamente nos ubicábamos en sitios estratégicos para que pudiéramos conversar sin dejar de trabajar. Vivía en un squad y estuvo a punto de convencerme de dejar mi apartamento de sala, cocina y recámara en Camberwell por un lugar lleno de drogos roqueros sin agua.

Ni se inmutó con la historia y me siguió llamando por ni nombre oficial en toda circunstancia. Nos confiamos demasiado y nadie le pidió a nadie el teléfono, un día ya no nos encontramos más en los lugares de trabajo y nadie supo cómo ayudarnos a hablar.

Muchas veces no respondí cuando me llamaron por mi nombre y siempre tenía que oírlo dos veces para saber que era el mío. Presentarme era lo más difícil, porque había que poner cara de la otra, algunas personas ya la conocían y yo no sabía quiénes, en esa compañía los nombres de mujeres eran pocos y por eso inolvidables.

Al final estaba comodísima con mi nuevo nombre, a veces me sentía más feliz y la nueva personalidad me ajustaba bastante bien. Era más ruda, pero también más risueña, peor trabajadora y, según los hombres, más sexy. No sé cuántos kilómetros de alfombra aspiré llamándome así y pensando como ella. Ya no sabía si a los chicos les gustaba yo o ella. Ella iba ganando, finalmente era la que estaba ahí. La del trabajo, la de los amigos, la viva, la graciosa… los trabajadores de la construcción en Londres, área en la que me movía, tenían el asqueroso vicio de eructar a todo pecho, y yo los miraba y les decía “cheers” en tono coqueto. Me odiaban. La odiaban.

Yo no era más ahora que la que llegaba a la casa a comer y a dormir. Antes la otra se quedaba en el trabajo, pero empezó a salir conmigo y a llevarme hasta el subte, después venía conmigo en el subte, hasta que ya empezó a entrar a la casa y a acostarse conmigo. Yo era ella.

Con su estilo de vaga, un día se metió a uno de los baños a dormir sentada. Otra mujer empujó la puerta y vio ahí a esta mujer, que no era esta mujer, sentada en la tapa del inodoro con overall, botas, guantes amarillos y con la cabeza al lado y los ojos cerrados. Grito largo a ambos lados del baño. —Are you ok? —Yes, I am ok. —Are you sure? —Yes! I-am-ok. Me reí por mucho rato. Se rió.

Yo estaba cambiando mucho. Ahora me burlaba de todo y me valía pinga el qué dirán. Estaba lista para acostarme con Manuel y si mi hubiera invitado me hubiera ido a la India con él.

Pero quedé en embarazo y no de Manuel. Limpiar empezó a ser un martirio, las largas horas de pie limpiando techos y estanterías, las de rodillas limpiando tasas de baño y las caminadas arriba-abajo para aspirar eran un suplicio. Y la visa ya se iba a acabar. Pensé en tener a mi hijo en Londres pero para cuando eso, ignoro si siempre fue así, los nacidos en Inglaterra eran solo ingleses si sus padres eran ingleses. Para ser cubano nacido en Londres, prefiero cubano nacido en Pinar. ¿De quién era el hijo?, ahora que lo pienso, ¿de ella o mío? Bueno, no, el amor lo hice siendo yo.

Me han pasado muchas otras cosas en la vida después de cambiarme los nombres. Ahora tengo otras dos personalidades diferentes en Facebook, y en la vida real todas hacen su parte. Pero todo esto no me pasó a mí, a Eneida, le pasó a Sandra Mendiwelso.

Aumentan los casos de Déficit de Atención

(Para Ser Padres, magazine, NY)

Apenas ahora, los padres hispanos están consultando más ávidamente a los doctores sobre este desorden (ADD, por sus siglas en inglés). Roxana Korb, L.C.S.W-R., directora del Departamento de Salud Mental del Jamaica Hospital Medical Center, New York, habla del tema.

1. ¿Cuáles son las cifras actuales de niños hispanos con ADD en Estados Unidos?

Según los últimos estudios, el 4% de los niños hispanos es diagnosticado con ADD. La edad está entre 5 y 17 años, y afecta más a varones que a niñas (3% contra 1%, respectivamente). Los padres no comentaban al pediatra los problemas de atención y conducta de sus hijos porque los achacaban a su rebeldía, por eso las cifras eran muy bajas; pero esta tasa fue aumentando a medida que los padres adquirieron más conocimiento.

2. ¿Qué tratamiento recomiendan los expertos?

Actualmente, un tratamiento entre médico, psicoterapeuta, escuela y padres es el más eficaz. El médico decidirá y regulará la medicación adecuada. La terapeuta brindará estrategias para mejorar el comportamiento y adaptación a la vida diaria, así como a educar a la familia sobre ADD. La escuela tiene que programar el aprendizaje en una forma más estructurada y facilitar los servicios necesarios; mientras que los padres deben mantener comunicación con la escuela, tener conciencia de las dificultades del niño, crear un ambiente apropiado para que el niño desarrolle sus tareas, establecer una disciplina sana con metas, reafirmando logros y motivar al niño.

3. ¿Qué tan buenas/perjudiciales son las medicinas que se recetan?

Para la mayoría de los niños con ADD, la medicación sirve como fundamento en su plan de tratamiento. La medicación no se utiliza para controlar el comportamiento, sino para tratar los síntomas y ayudar al niño a desenvolverse mejor. Las medicinas llamadas estimulantes, son las más comunes, pues reducen la hiperactividad, disminuyen la impulsividad y mejoran la capacidad para concentrarse y aprender. Las más utilizadas son: Adderall, Ritalin, Concerta, Metadate, Focalin y Strattera. Algunas de éstas ocasionan efectos secundarios como pérdida de apetito, dolores de estómago, irritabilidad e insomnio. Los medicamentos afectan a los niños de diferentes formas, y un niño/a puede reaccionar positivamente a un tratamiento y negativamente a otro. Por eso, es necesario e imperativo la determinación de un tratamiento único y la observación periódica del médico. La más reciente medicina es la cápsula con liberación prolongada, con la cual se necesita sólo una dosis diaria y actúa por más tiempo (cerca de 12 horas).

4. ¿Cómo afecta el estigma del ADD en la vida escolar infantil?

No tendría porqué ser un estigma si todas las personas relacionadas con los niños están informadas acerca del ADD. La mayoría de los pequeños no tienen deficiencias intelectuales. El niño no puede demostrar su inteligencia debido al trastorno, pero en cuanto se controlan los síntomas ellos comienzan a tener muchísimos mejores resultados. Es más, hay una gran cantidad de niños que tiene un nivel intelectual muy elevado. Los padres deben saber que la escuela tiene la obligación de ofrecer los servicios necesarios en cada caso. La Sección 504 y la Ley IDEA son dos leyes federales que ordenan que los estudiantes tienen derecho a servicios especiales en casos graves. Gran cantidad de niños pueden estar en clases regulares con servicios como tutoría o supervisión individualizada. Para más información, se puede visitar el sitio del Departamento de Educación en http://www.ed.gov/espanol.

5. ¿Qué probabilidades tiene un chico con ADD de llegar a realizar estudios universitarios y llevar una vida normal?

Las posibilidades son sumamente elevadas si el trastorno se detecta lo más temprano posible y con un tratamiento interdisciplinario entre médico, psicoterapeuta, padres y escuela. Cualquier niño puede llegar a tener una vida normal dentro de sus posibilidades.