Pain and yoga

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Dicen que haciendo yoga uno se entera de cosas que no sabía
Dicen que cada dolor o molestia en ciertos lugares del cuerpo
representan un dolor en el alma
Un dolor que se lleva cargando por mucho tiempo
Quizá muchas vidas

Dicen que yoga te conecta con partes oscuras de tu cuerpo
Que te hace visitar lugares que no sospechabas existían
Que cada estrechez o rigidez, inmovilidad, es simplemente una representación
De lo que hay adentro.

Por ello para curarme, hago yoga
así me apodero de mi cuerpo
Lo hago vehículo de expresión y belleza.

Yoga is dancing
Is moving with intention
Is liberation
Te vuelves presente
Te conviertes en uno
Vuelves a tu ser

Solo en la oscuridad es posible encontrar la luz.
Por eso recomiendo hacer yoga con los ojos cerrados
Y con el corazón abierto
Porque no es fácil
Reconocerse en el error
No es fácil perdonarme
No es fácil amarme sin medida.

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Over and over

*Screenshot from Into the Inferno, WH.

 

Doménica subía la voz y exageraba sin darse cuenta su acento mexicano, y así como yo aceleraba el coche ella aceleraba la velocidad de su discurso, que al final se convertía en un monólogo interno con algunas frases en Mexicanglish que yo interpretaba a la perfección, porque cuando nos entendíamos, nos entendíamos muy bien, de manera que lo que no se entendiera era irrelevante.

Dábamos vueltas buscando parqueadero en Harlem para mi Kia Río. Todas las calles parecían tomadas desde el Paleolítico. En la parte de atrás Carlos callaba y decía que disfrutaba el paisaje; yo lo tomaba como un llamado al silencio, pero Doménica y yo lo ignoramos por completo y nos largamos a criticar el mundo después de las elecciones presidenciales del 08 de noviembre.

Llegamos a la 116, a un piso 2. El apartamento no era de ninguno de nosotros tres, pero tampoco lo estábamos invadiendo. Allí trabajaba Carlos como cuidador de dos gatos de pelo largo, que como todos los gatos, me ignoraron rampantemente. Era el apartamento de una buena amiga. Vaya apartamento. Espacioso y muy bien decorado, me sentí en el museo de Arte Moderno de N.Y.; de hecho me aterré un poco y me pregunté de dónde y cómo transportaban esas enormes piezas de maravilloso arte precolombino, maya y africano. Máscaras del tamaño de mi cuerpo, esculturas tan altas como yo, budas sonrientes de dos pies en la cocina, y una colección enorme, que yo llamé con amor, de “chorradas” traídas a mi poco entender de todos los rincones del planeta. Pensé en una mudanza y me dio vértigo, pero acaricié la idea de que tuvieran que deshacerse de todo eso en algún momento y yo iba a estar allí para recoger esa basura.

Pensé en el poder del dinero y en qué haría yo con tanto. Me entristeció ver una esponja enorme en una esquina de la ducha en el baño. La inconsciencia humana que todo lo quiere poseer. Yo lo hago con fotos, a todo lo que quiero poseer le tomo una foto, no para robarle su espíritu pero para marcarlo en mi memoria. Mis memorias son fotografías que existen pegadas en los álbumes de mi casa. Yo no recuerdo los momentos en que fueron tomadas esas fotos ni el camarógrafo, solo recuerdo la foto.

Traté de relajarme como pude y me senté en el piso a rever el documental de volcanes de Herzog. Ya la había visto unas noches antes en casa de Carlos. Las imágenes que logró Herzog de los únicos tres volcanes del mundo a boca abierta son alucinantes. Poderosas, a veces aterradoras, pero siempre hermosas y vivas. Herzog logró capturar la furia y la belleza de la lava, y en su autoaparición en la película le atribuyó la vida que conocemos a los volcanes.

Yo por mi parte, esa noche donde Carlos tuve un toque de conexión y casualidad con uno de los guardianes del volcán de Ambrym. Él cree que el fin llegará con la explosión del volcán. Y yo escribía exactamente lo mismo un día atrás sin saber por qué tenía esas “premoniciones” o visiones. Vi una esfera roja intensa que explotaba desde el centro de la tierra, y luego viene Herzog y me dice “sí mi niña, sí”.

A mí estas casualidad me pasan a menudo, muy a menudo, pero siempre lo tomo como parte normal de mi vida, no le doy la mayor importancia, simplemente con ello reconfirmo el poder del cerebro, lo que piensa pasa. Lo que verdaderamente piensa, pasa.

Yo lo he corroborado con cosas y con personas. Hay ideas fijas que empiezan a repetirse en mi cabeza durante años hasta que se hacen simplemente realidad.

Yo no pude concentrarme muy bien en ver el documental. No soy de las que repite películas, y menos documentales y menos de Herzog.

Pero allí estaba yo, dando vida a lo que igual se me venía presentando desde hacía un par de semanas: la repetición, la noria, el déjá vu, el “nunca salí de aquí solo cambiaron los personajes y el ambiente”.

Nunca pudimos ver la película completa porque el sistema se empeñó en interrumpirse una y otra vez, y detenerse por minutos; lo que nosotros aprovechábamos para teorizar, reírnos, comer y dejar que yo me ampliara en todas mis teorías conspirativas. Nunca logro convencer a nadie, no hay argumentos que valgan porque todos están basados en datos difícilmente comprobables… como en toda conspiración. Pero yo insisto, y a veces recurro a los casos en que evidentemente mis teorías conspirativas se han cumplido. La más penosamente exitosa es la de Álvaro Uribe. Recuerdo el final de los años 90, toda la información que a mí me llegaba como periodista del noticiero de televisión Hora 13 era que Uribe era un paraco, así, un vulgar paraco, un asesino en serie. Un herido de guerra que había jurado vengarse hasta las últimas consecuencias. Pues este hombrecito se ha llevado a medio país por delante para cumplir con su venganza y aún no lo juzgan por ello, de hecho fue nominado y creo que hasta condecorado como “El Gran Colombiano”. Lo dije, lo repetí, lo pronostiqué, les di ejemplos, me horroricé y decidí salir del país antes de que me hicieran historia.

Renunciamos de plano a ver la película y terminamos arrastrados por mí al salón grande para practicar Eka para koundinyasana 2, una asana que no puedo comprender. Carlos es mi mentor en yoga y Doménica mi compañera de teacher training. Una niña de 20 años que estudia cine y con la que me la paso bomba.

Decidí acabar con la noche y seduje a todos a irnos a nuestros destinos personales. Por algún motivo empecé a actuar como si estuviera high. Me desconecté, de manera que mientras manejaba el coche, mi cerebro se fue quizá a nadar en la lava del Erebus.

Un trayecto que debíamos hacer en media hora cuando mucho, entre la 116 y el Village, nos tomó más de una hora, entre el tráfico y las vueltas que yo di. De Este a Oeste, y viceversa, ¡qué paciencias las de Carlos y Doménica!… y a mí no me importaba andar de borondo con ellos.

Doménica era la culpable de mi elevación. Me contaba y me contaba historias que me obligaban a hacer imágenes en mi cerebro y a desaparecer la calle que tenía en frente y convertirla en cualquier escena de corto metraje de estudiante de SVA. Tomé Broadway pensando en que sería divertido atravesar Times Square. Eran ya las nueve de la noche. Times Square hervía. No lo entendí y lo dije, usualmente paso por ahí sin problema, lo rediseñaron recientemente para eso. Luego me enteré de que el revolú se debía a los que salieron a marchar esa noche para rechazar la supremacía blanca, evidenciada aquel pasado día de elecciones.

Doménica me empezó a hablar de la gente que se muere y desaparece, de la gente que es olvidada, y me habló de un ejercicio que consistía en mirar una lápida o algo así. El cuento es que hablar de un muerto es volverlo a traer a la vida. Y por ello le conté una experiencia que tuve en el cementerio de Sleepy Hollow, antes de Halloween algunos años atrás, con mi hijo, mi hermano y mi ex. Nos reímos de la espeluznante historia.

Dejé a Doménica en su casa. Carlos ya se había bajado, diría yo que de manera repentina, en alguna calle del Village. El GPS nos sacó de allí porque rara vez sé dónde estoy y me preocupa poco. Me fui a dormir cansada, un tanto asustada, convulsionada por los acontecimientos de los últimos días y los sentimientos de rechazo que me había generado la humanidad por sus reacciones tardías. Soy implacable.

Un domingo soleado me recibió en la cara y salí como de costumbre para el cementerio a caminar a Scooby. Me fui dispuesta a tomar algunas buenas fotos de los árboles en otoño que ya estaban a punto de pelarse por completo. Hice el recorrido de siempre, dejé bajar a Scooby del carro para que corriera mientras yo lo seguía a 15 millas por hora, vigilando que repitiera el recorrido de siempre.

Parqueé en el lugar de siempre e hice lo de siempre. Sentarme al frente de la Milagrosa que hay debajo de un Catalpa bignonioides, hablarle, comentarle, agradecerle, pedirle. Saqué la pipa y fumé. Y sentí que compartía con ella un momento importante.

Tomé fotos y arranqué a caminar. Encontré los árboles más amarillos que en los días anteriores pero ya la mayoría estaban desnudos o con los restos de algunos crespos. Y volví a la idea de lo que se repite, de las cosas que me suceden una y otra vez, y escribí sin pensar una canción en mi mente. Como un mantra caminé repitiendo.

Over, and over, and over again
Again and again
Over and over

Over and again
Over and over, again
Over again
Again again
Over again

Over and over and over again
Again and again
Over, and over, and over, and over again
Over and over
Again and again

again
again
again

over and over and over
again and again and again

Y caminé medio cementerio poniendo ritmo a esa canción. Pensé en house, entonces canté house. Pero me di cuenta de que las repeticiones se ajustan más al golpe del tambor y quise tocar aquello en la conga. ¿Patacun pá? Me pregunté. ¿Cómo le pongo conga a esto?

Patacun patacun patacun pá
Patacun pa, patacun pa
Patacunpa patacunpa pa pá

Entonces empecé a cantar lo más alto que pude, lo mejor que pude. Al volumen que pude usando todo lo que sabía de respiración. Hubo muchas aaaaaaaaaa, Aaeeeeeee, Iiiiiiyiiiiiiiyaaaaaaa, Eeeeeeeee, Uuuuuuuuuuuuu. Y terminé con una ooooooooooooo larga y profunda que me hizo estremecer por su poder premonitorio. A ese oooo le faltó la vibración del OM, pero no su profundidad.

Scooby se alteró inmediatamente con lo profundo de mi ooooooo. Pero yo seguí con mis vocales y como un rayo la palabra again se apoderó de mí, y salió larga y grave, y me dejé llevar por ese grito de queja y dolor. Cuando acabé de gritar con los ojos cerrados una explosión en rojo sucedió en mi cerebro. Vi el volcán y sus adentros.

Volví en mí y miré alrededor. Encontré que estaba en una moderada elevación en toda la mitad del cementerio desde donde se podía ver casi todo alrededor, incluso los copos de los árboles de Forest Park que se encontraban a más de 2 millas de distancia. Sé que había estado allí antes, por supuesto, pero no muy a menudo caminó por esos lados, Scooby y yo tenemos una ruta establecida y pocas veces la variamos, lo hago por seguridad y por falta de creatividad, seguramente. Ahí estaba yo en esa minimontaña, sola, cubierta por un cielo azul claro cruzado por aviones de propulsión a chorro y rodeada de árboles semidesnudos de colores naranjas pálidos, amarillos profundos, verdes claros y rojos encendidos. Rodeada de vida y de muerte, de silencio y de paz.

Despertaba de un microsueño, el del volcán. Miré a mi izquierda y me aseguré de que Scooby estuviera bien. Él se había sentado al lado mío en posición de guardia. Luego a la derecha al suelo, había una única lápida, una que no había visto en los minutos anteriores, y que de hecho me sorprendió que estuviera allí tan cerca y yo no me hubiera estrellado con ella. Eran los hermanos Hartman, Louis y George, gemelos de muerte, no de nacimiento. Se llevaban 3 años y el mayor solo vivió 11. Murieron juntos en 1888.

Allí estaban aquellos niños, manifestándose frente a mí. Obviamente, yo tomé este encuentro como una señal y hasta el día de hoy espero a que no se cumpla.

Para Carlos

A Carlos no será posible sacarlo de mi vida. El día en que mi padre murió yo estaba tomando su clase de power yoga en Daya. Sábado; 2 de la tarde. Era noviembre 16 de 2014, y la noche anterior yo había estado viendo tocar a Rubén Blades en el Lincoln Center. Había llorado sin saber muy bien por qué.

Después de Rubén y de ser una de las pocas personas de pie bailando Pedro Navaja en la puerta del recinto, me fui a dormir con ácidos sabores en la boca.

Pero ahora era sábado y yo había sobrevivido a Rubén en su Guantanamera. Era sábado y a mi me salvaba ir a la clase de Carlos, de todo, me salvaba de todo.

Carlos me intrigaba por la manera en que se movía y hablaba, había en él una fuerza interna evidente que de alguna manera no se mostraba en el exterior. Creo que vive en Tadasana.

Me intrigaba esa manera de agachar la cabeza sin agacharla, ese cabello ensortijado al final y tan escaso al principio, que cubría con gorros. Me intrigaba saber porqué era tan ágil si ya me había dicho que vivía en el quinto piso de la edad. Yo quería ser como él cuando llegara allí y creo que eso me mantuvo motivada por muchos sábados para no faltar a su clase y evitar a toda costa estar en mal estado físico para ese momento.

Esa intriga en su ser es la que me mantiene yendo a su clases. Las cosas que dice sin ningún drama, pero que al final de la clase terminan dejándome sumida en una profundo pensamiento que no tiene ideas, si es que eso es posible.

Cuando salí esa tarde de su clase, renovada, tranquila, en Tadasana, me monté en el carro y prendí el teléfono. Había muchas llamadas perdidas y a mí nadie me llama así de insistentemente.

Escuché el mensaje y las noticias no eran buenas. Ya no recuerdo si supe de la muerte de mi padre por el mensaje o porque llamé a Bogotá a saber qué pasaba.

Mi padre murió en su cama después de que alcanzara a llamar a sus vecinos para que lo ayudaran. Lo encontraron sentado en la taza del baño.

No estuve ahí, pero puedo verlo, puedo ver sus pasos arrastrados con los pantalones de la pijama abajo y pidiendo que lo llevaran a la cama.

No pude ir para acariciarlo por última vez.

Después de ver el teléfono, algo muy fatal me chuzó el corazón y todo dio vueltas, y pensé que ahí sí me volvía loca. Pero Carlos vino a mi mente con su respiración de océano, su victoria sobre los pensamientos; entonces pude pensar de nuevo, y empecé a repetir como quien se aferra a su mantra “In glory or in despair, you are unshakable.” Si esa frase servía para algo, era el momento en que tenía que funcionar.

Creo que fue ese pensamiento el que me ayudó a llegar a casa sin accidentarme. Pero una vez allí en soledad y luego de aceptar que mi padre realmente había muerto, que no era un sueño, que era verdad y que la última vez que lo había visto había sido hacía dos años, enloquecí de tristeza y me tiré al piso de la cocina, y grité y me deshojé. Fui solo moco y lágrima.

Me comuniqué con mi familia y les dije que había decidido no viajar a Colombia ni involucrarme en nada del proceso funerario, que lo sentía, pero que se encargaran ellos de todo sin contar conmigo. Durante seis meses dejé de hablar con ellos; la separación parecía el único camino para no sufrir.

Me dolió la cabeza y ya después no recuerdo más. Quizá me fui a dormir, que era lo usual que yo hacía después de la clase de Carlos, pues me dejaba abatida físicamente.

Cuando me recompuse supe que ningún llanto iba a ser suficiente para lavar esta pena, de manera que no quedaba más opción que volverme una montaña.

No quise saber más del asunto, nunca supe de qué murió mi padre y no hice mayor alharaca al respecto. Yo era Tadasana, nada debería sacudirme. Ya me había sacudido suficiente antes y no había servido de nada.

Pantajali dice que si repetimos algo con frecuencia, se vuelve natural en nosotros.

Este pensamiento no vino a mí en ese momento, pero ciertamente lo apliqué. Después de tantos sábados escuchando a Carlos, porque yo estaba escuchando, se convirtió en parte de mi práctica sin saberlo.

Y eso me salvó. Ahora lo veo.

Entonces sin quererlo, Carlos se convirtió en un maestro de la vida. Él se abrió paso entre chaturangas, malditas chaturangas, y perros bocabajo, y empezó a darme las herramientas necesarias, ¡tan necesarias! para enfrentarme a la vida, a una nueva vida. Una vida sin mi padre, que en últimas me está preparando para una vida sin mi madre, y sin o con quién sabe cuántas cosas más.

Pero no ha sido solo Carlos el único héroe en mi reciente historia; no ha sido solo su entrega, su amabilidad, su amor, su sonrisa, su despojo de lo material, su humildad, su persistencia. Sin alumno no hay maestro. He sido yo también. Dedicando fervientemente todas mis prácticas a estar presente, a escuchar, a recibir. A llevar la práctica de yoga a la vida diaria, a hacerla más que un ejercicio de estiramiento y concentración. Porque en últimas creo que es lo que este maestro espera de mí. (Aunque esta frase sea de dudosa procedencia.)

Los maestros hablan para quien quiera escuchar. Y yo quiero.

Sé que gracias a las enseñanzas de Carlos, soy una persona diferente. Soy una madeja de hilo desenredándose, soy un volcán contenido felizmente, soy una flor recibiendo el sol, soy una pequeña partícula de polvo danzando sin miedo hacía un lugar lleno de otras partículas de polvo. Soy una energía regresando a su fuente.

No importa ahora a dónde me lleve la vida, o qué tan lejos de este maestro termine estando, porque él siempre habitará mi corazón con sus enseñanzas. Él es la razón por la cual yo quiero vivir en Tadasana.

 

(NY. 052016)

Lost

When I started my yoga teacher training, I was pretty sure I was going to gain many things: Knowledge, a healthier body, spiritual peace, maybe some new friends.

However, what happened was totally the opposite. I lost things, many.

First, I lost the desire of smoking. From day one, my determination on quitting was a success. I lost the Olga who used to run after a cigarette in every stressful situation. The Olga who was after a cigarette after a beer, the Olga who needed a cigarette after eating. I lost that Olga, and it’s well lost.

Then, I lost hours of sleeping. I had to get up at 6:00 in the morning on weekends to keep up with the training. I lost my weekends. No more parties at night if I wanted to be physically ready for the morning classes.

I lost contact with many friends. I have been so busy practicing that I do not have time to think on anything else.

I lost time to waste. I didn’t spend entire mornings looking at cat pictures.

I lost interest in arguing with people. I just smile and turn around. Well, sometimes I give them a “look.”

I lost the fear of interacting with people in an intimate way. Yoga training is like an AA for all traumas possible.

I lost a lot of pounds, because I lost my appetite. Nothing rare in me, but I was barely hungry most of the times, and a voice inside me kept saying “You feed from energy.” I think, I lost my sanity too!

I lost my insecurity of speaking English in public, regardless my accent and the difficulty to pronounce some words in good English.

I lost my period. Has been gone. I have entered a new dimension.

I lost my anger. I approach things now from another perspective; I do not see everything as a negative force pulling me into darkness.

I lost the desire for alcohol, and every time my desire for smoking weed is less.

I lost any intention of talking about people who are not present.

I lost the pain I had in my heart for a relationship that never worked and I refused to let go. I let go.

I lost my urge for a cup of coffee. I lost many “urges.”

I lost the disappointment on humanity, ‘cuz I recovered the faith on me.

I lost my job, and I couldn’t care less.

I lost the desire for being liked, for being approved.

I lost the idea of a conspiracy against me. I am not a victim anymore.

I lost the doubt of being loved by my family. They freaking love me, and I love them!

I lost the hard part of my heart, now is a piece of cotton candy.

I lost my impatience for things to happen now, even to happen.

I lost my loneliness, the one that was uncomfortable.

I lost some Olgas. They are in the past waiving me good bye with a smile, and I am smiling back saying “I am so glad you are not with me anymore, and I have a whole life to thank you for being here and teaching me so many things.”

I haven’t lost my ego, though.

 

(NY. 052016)

My journey into yoga

Piece published on http://yoganonymous.com (My first one in English!)

http://yoganonymous.com/confessions-of-a-tt-a-long-journey-there

I always hated exercise. I never completed the classes in elementary, high school or even college… I always had to make up for the final exams to pass. In my college, sports were intended to be taken in the first semester. I, of course, did it almost at the end of my studies. That big was my love for exercise; at least the exercise that makes you sweat like crazy, that agitates you to the point you can’t breathe. Nope—not for me. I prefer coffee, cigarettes, and books.

That’s not to say I don’t like moving in general—I love walking and dancing; I even like to bike a little.

When I moved to New York, from Colombia in January 2000 (yes, it was planned), I quickly noticed that yoga was the activity d’heure. All the cool people I met were talking about it. I’d heard about it before, but I hadn’t paid it much mind. I was indifferent to it.

Beginnings of My Yogic Roots

I first came across yoga when I began studying and practicing Buddhism, in search for a better life. I had always been aware that yoga was touted as an activity that would bring balance to life, but it was only when I got divorced and had some much-needed time for myself that I tried.

My first yoga class was a Yin class—and, somewhat surprisingly, perhaps, I’m forever grateful that it was. I had found my paradise! Holding poses for 5–10 minutes, I’d found exercise with no jumping, no real sweating, and no agitation. Ignorance is bliss sometimes. I thought that was yoga; and it is, of course. But I can’t imagine if I had taken (by mistake or recommendation) a power yoga class. I’m sure I never would’ve returned!

My job, my ignorance, my son, my dog, my house, my friends, my vices, my doubts, my excuses let me go to that class only for a month. And that was it. I kept practicing at home, but as in everything I do, always with the doubt that I was doing something wrong, or not well enough. Maybe the teacher said it and I didn’t pay attention; or maybe at the time it seemed too obvious to sink in. Along the way, practicing at home, I didn’t remember that the key was breathing… Not twisting, not holding, not getting strong, not getting enlightened: just breathing.

Returning to Practice

I never looked to deepen my practice until I lost my job. Now, I thought—now was the time for yoga. But just as in love, I looked in the wrong places. In 2010, yoga had extended to every corner of Manhattan and Brooklyn, but Queens was a forgotten land.

I tried a studio in Brooklyn. They wanted me to sign for three months to get a good price (not that good). I asked them to allow me to interrupt those three months while going to visit my family and then finish the membership. They gave me a harsh email saying “No way!” That ended that studio. The gym next to my house was affordable and had classes almost everyday, so I started going there.

Over the course of the next year and very regular practice, I started loving yoga. My body took a nice shape, I felt proud of my discipline and the little achievements I made in the poses, and the best part was that my body started rejecting cigarettes, so I quit. This time, I got a real taste of what yoga was.

Yoga Takes Root

I had only one teacher who used to do dharma talks at the beginning of class, and I usually cried in silence.

Everything was a mess. I had no job, my relationship of the moment was broken, my son was a rebellious teenager… Not to mention the past chasing me. Exercising everyday helped me, but it didn’t really change anything. I was too proud to let yoga guide me, and the space where I was doing it wasn’t ideal, for me, either. I kept the feeling I was doing something wrong.

I do not remember any teacher adjusting me, I do not remember any teacher reminding us to breathe—but then again, maybe I just wasn’t paying attention.

As time passed, I started meeting more people involved in the yoga world. It was then that I decided to really give yoga the attention it deserved. Just as I do with everything that interests me, I decided to hunker down and really study the practice.

It wasn’t smooth sailing; the obstacles came. The prices were ridiculous, the schedules were impossible for me, and I didn’t have any idea of exactly where to go. I then started a full time job again, and yoga vanished from my daily activities. I preferred parties, coffee, books and cigarettes—again. These were easier and fun. If I had learned something, I rapidly forgot.

The pressure in New York to do yoga is no small matter. Nowadays, I don’t know anyone who doesn’t do yoga, has done yoga, or who wants to try yoga. And the debt to myself was stuck in my heart. Yoga became a phantom, a call, a pressure, a must do.

Circling Back

Fast forward to 2015: I’d found myself in the same place I’d been in a half decade previously, with a broken heart and no job. What a circle I live in… But this time, the circle would complete. Being back in the funk meant “yoga” to me. I started looking for a studio again. This time I found Daya.

Since the first day, I was enchanted. I felt at home. I loved the teachers. I love the prices. The location was relatively close to my house. It was perfect. I wanted to belong there. I had finally found a place to start really practicing, and I was happy.

The feeling of “I am doing something wrong”, however, kept resonating in my mind. I really wanted this time to go deep into practice, so I started going to the studio everyday. I learned so much! I discovered things in my body like never before. I started understanding how yoga could help me breaking the eternal circle I was in, the cycle of depression, lack of self-confidence and self-love, boredom, and most of all, ego.

I also understood the differences in yoga, and how I could use them to my benefit. I was even up to for a power yoga class, and I loved it! It made me feel strong… So strong that I injured myself carrying a huge air conditioner. I had to abandon yoga, again. But this time I was hooked.

Loved knock on my door last December when I got an email from Daya announcing their first teacher training. I couldn’t believe my eyes. I read that email five times. Looking at the schedule, reviewing the price… It was for real. I signed up immediately. One of my dreams was about to come true: Knowing yoga in depth.

From the first day of January, I started going to the studio five days a week, to physically prepare myself for the challenge. I knew, had been told, that it was going to be demanding.

I thought I was ready when the day came. That first weekend, I met my peers. I got the idea. And I freaked out.

Some of the students could be my daughters. And the rest were at least 10 years younger than me. Another half were doing yoga forever, some were already certified teachers. Many, if not all of them, have full time jobs or crazy schedules—so I was far from being special. I understood that I had to talk in public, and in English. Plus the eight hours sitting on the floor taking notes, as if we were back in school, plus doing homework, plus reading at least six books in three months, plus waking up at 6 a.m. every Saturday and Sunday, plus the potential pain in my body… I was exhausted just with the idea.

Right there, I realized that time was going to be an enemy in all senses: My age (45), my full time job, my son, my dog, my habits. Again, all the excuses came to the surface. My fear of speaking English in public, my fear of people, my fear of communities, my fear of not being able to be perfect, to know it all.

After the first weekend, I didn’t want to go back. It was too much to handle. I didn’t want to become a teacher in the first place, although to get certified—to pass the training—I had to become one, at least for my own self (which was all I wanted from the beginning).

I felt defeated. I didn’t think I was going to be able to graduate, to resist the physical and mental challenges. I had a terrible week, full of doubts and second thoughts. I was disappointed of myself. I was not coming back. But I did.

Surrender and Success

One of the reasons, besides personal growth, I wanted to learn yoga in detail was to know the proper alignment of asanas so I could apply them correctly into my dancing routines, to create my own style for my enjoyment and physical gain. I wanted to mix yoga with Latin Jazz.

Dancing to Latin Jazz is good exercise, but it gets repetitive and mainly works your legs. Yoga can be too serious and demanding. Mixing the two disciplines feels like the real deal for me. So one night before the second week of training, I put music and started dancing in Tadasana in front of the mirror. I danced for an hour straight in the same position, applying everything I had learned in those 2 months and one week. Breathing, elongating, positioning the body, meditating.

It was right there when I noticed that I was happy and relaxed, and that all I wanted to do was learn yoga so that I could have more fun during my private dancing sessions. I realized it wasn’t a competition with anybody but myself—that it wasn’t a competition at all. All I needed to do was relax and do what I wanted to do: Learn yoga to mix it correctly with Latin Jazz dancing.

I fell in love with the idea of teacher training again. I surrendered.

So, here I am in the fifth week. And this one has been hard. My body hurts so deep that I think even my spirit is also soared. Sometimes I feel I am going to collapse into the floor from tiredness. I am practicing seven days a week, and dancing almost every night at home as therapy for “relaxation.” I feel about to explode.

But it’s me in all its essence. I am extreme. And I never felt better in my life. I am really loving myself, I feel relaxed, I am not reacting to everything, I do not even remember how my smoker self felt, I am making new friends. I am experiencing incredible things while meditating. I am growing. I am expanding.

I have learned to release expectations and it’s working well. I am learning how to accept myself, with all the limitations.

I am learning that growing as a human being, just like yoga, is a permanent work in progress that never ends.

 

(NY. 042016)